Encuentros inesperados

Lucas jamás había ido a aquella cafetería, ni siquiera se había pasado por esa calle antes, pero hoy se arrepentía de no haberlo hecho. Bebió un sorbo más de la taza de su café caliente y miró con sus ojos azules, esos ojos bien claros, enmarcados con abundantes y arqueadas pestañas que los hacían resaltar aún más, a la chica bonita de cabello castaño rizado.

Ella caminaba con un desgarbo poco propio de una chica de su edad, aunque en realidad, él no tenía ni idea de cuántos años tenía la muchacha; sus pasos se semejaban a los de una bailarina, y siempre iban acompañados con el mecer de sus bucles en diferentes tonalidades de castaño: del más claro al más oscuro. Le encantaba mirarla.

La observó fijamente durante varios minutos, a través de la cortina que su flequillo alzaba frente a sus ojos, y no dejó de mirarla hasta que una de las camareras advirtió su atención y le informó a la chica de los rizos. Entonces fue cuando ella le miró con esos ojos dorados, tan dorados que le pareció advertir un brillo en ellos a pesar de la distancia a la que estaba. La muchacha le regaló una sonrisa que hizo que su corazón se desbocara, y tomó otro trago de su taza, sin saber ya lo que bebía. Intentó volver a retomar el trabajo que había dejado de lado hacía ya varios minutos, pero no lo consiguió, pues la duda ensombrecía los bordes de ésa sensatez que había perdido desde que la había visto, y todo razonamiento dejaba de serlo si en él no iba incluido la hermosa niña de bucles pardos; él quería saber cuál era su nombre, quería ponerle nombre a aquel rostro, pero su mente había trabajado ya en eso y le había puesto un nombre bien bonito: Sunrise.

¿Que por qué le había llamado Sunrise? Era sencillo, fácil de saber si veías la hermosa sonrisa que permanecía en todo momento dibujada en su rostro, y por esos rizos de distintas tonalidades que te hacían querer ir hasta ella sólo para darte el placer de tirar de ellos, y observar cómo volvían a encoger después de haberlos estirado. Sólo ella podría eclipsar al Sol, sólo ella podría iluminar el día más oscuro nada mas sonriendo. Ella era como ésos rayitos de luz que se filtran por tus cortinas cada mañana, sin pedir permiso, sin siquiera anunciarse; ella era como el arcoíris de mil colores que surca el cielo cada tarde, después de llover. Valía la pena despertarse tan sólo por verla brillar, valía la pena pasarse toda una tarde metido en casa, viendo cómo la lluvia caía, con tal de ver aquél hermoso arcoíris. Incluso valía la pena mojarse, correr por la calle y resbalar en un charco de agua al que seguro vas a parar tras la caída.

Caminó con paso decidido hacia la barra, aunque en su interior estaba aterrado por alguna razón desconocida. La niña bonita estaba al otro lado, concentrada en su trabajo, limpiando con la sonrisa dibujada en sus labios la barra.

Volvió a repetirse lo adorable que parecía con aquel polo rosado, y lo dolorosamente dulce y hermosa que era. Apenas tendría diecisiete años, y parecía ver la vida con tanto optimismo que le dio envidia.

— Disculpa —dijo con un nerviosismo imprevisto—, ¿me darías la cuenta?

Le pareció que sus manos sudaban frío cuando los ojos de la muchacha se fijaron en los suyos; eran aún más claros de lo que él se imaginaba. Ella le sonrió.

— Claro —respondió ella; su voz era aguda y muy femenina, aunque aniñada—. ¿Estabas en ésa mesa de allí, verdad?

Lucas asintió sonriendo; era inevitable sonreírle.

—Perfecto —continuó diciendo la muchacha de cabello rizado, a la que él había llamado Sunrise—, aquí la tienes.

Estiró su mano hasta él, ¡y qué curioso! Sus uñas estaban pintadas de colores distintos, tan vivos que parecían un arcoíris. Meneó la cabeza de un lado a otro, sonriendo. La chica le había sorprendido en muchos aspectos. En un extremo del dorso de su mano había un corazón pequeño, pintado con varios puntitos de colores diferentes. Le pareció que era algo muy infantil, pero alegre a la vez.

Hasta ése día jamás se había encontrado con una niña que se le asemejara; nunca había conocido a nadie que se pintara las uñas de colores distintos y se dibujara corazones en las manos. Quizá en sus veintidós años de vida jamás había conocido a una mujer tan auténtica y sinvergüenza que se mostrara tal como era, sin tapujos ni superficialidades que, al fin y al cabo, poco necesarias eran. Sunrise le gustó más.

— ¿De qué te ríes, chico de las gafas de pasta negra? —Quiso saber ella; él se había abstraído tanto en sus cavilaciones, que ni siquiera se había dado cuenta de que la muchacha veía cómo él la miraba, con ésa atención poco común en las personas que pasaban por aquel Café.

Devolvió sus ojos hacia el rostro ella, avergonzado por la poca discreción que había tenido.

— Lo siento —se disculpó, buscando en sus bolsillos algo de dinero para pagar su cuenta.

— Me gustan todos los colores —añadió ella de repente—, por eso no me puedo decantar por un esmalte cuando los tengo todos delante, así que me las pinto de todos los colores. ¿Cuál es tu color favorito?

Él la miró extrañado. Nunca nadie que no le conocía le había hablado con tanta soltura, con tanta confianza.

— El negro —respondió él, sin poderse creer que de verdad estuviera hablando con ella como si la conociera de hace mucho. Le dio el dinero y la chica lo cogió con una sonrisa pícara; algo le rondaba la cabeza. Abrió la caja y metió el dinero en la caja.

— Tu cambio —estiró la mano hacia él, para darle el dinero. Lucas asintió y cogió el dinero, luego dejó unas cuántas monedas en el bote de cristal con mucha calderilla que había sobre la barra y se dispuso a marcharse.

— Adiós —musitó antes de marcharse, sin preguntarle el nombre a la chica, aunque bien hubiera podido hacerlo. Ella no respondió a su despedida; al final desechó la idea de voltearse y preguntarle cómo se llamaba, para así dejar de llamarla por un nombre que se había inventado.

— El negro no es un color, chico de las gafas de pasta negra, es sólo la ausencia de luz —escuchó que le decía una voz femenina y aniñada. Una sonrisa volvió a aflorar a la superficie de su rostro y se volteó para responder:

— Me llamo Lucas, chica de las uñas multicolor.

Y abrió la puerta para marcharse, con la certeza de que al día siguiente volvería e intentaría saber el nombre de aquella muchacha. La campanilla de la entrada tintineó y la puerta se cerró tras él, razón por la cual no pudo escuchar cómo la chica le decía, en voz perfectamente audible siempre y cuando estuvieras en el interior del local:

— Me llamo Sunrise, chico de las gafas de pasta negra.

2 comentarios:

Vale dijo...

..."El negro no es un color, chico de las gafas de pasta negra, es solo la ausencia de luz"....

Me encantó raruniana no sabes lo bien que me he sentido al leer esto y no solo eso si no que me hepodido dar cuenta que has madurado como escritora y no es uqe yo sepa mucho pero si he ledio mucho y ha sido muy bueno ...casi tanto como una de mis escritoras favoritas Laura Gallegos ya te lo había dicho te acuerdas

Enserio que coincidencia que ambas hayamos escrito algo con cafes y bueno es que somos tanparecidas jajajaja espero continuacion de estos encuentros...Amo como escribes y yo de mas grande quiero escribir como tú jejeje

Te quiero besos

Sunrise Ethan dijo...

Ay, raru, gracias por todas esas cositas que me dices T_T Sabes que te quiero, y que la que de grande quiere escribir como tú soy yo ¬¬

Muajaja. Gracias por leerme^^